










Al momento de
escribir este texto, todos los ojos están dirigidos hacia la crisis
financiera que enfrentan actualmente Estados Unidos y
los mercados financieros internacionales, ampliamente considerada como
la peor crisis de este tipo desde la Gran Depresión.
Efectivamente
hay una grave crisis en la esfera financiera, como lo indicaron los acontecimientos
de la semana pasada, en particular el congelamiento de los mercados de
crédito.
Por el lado malo, el gran temor es que podría conducir a un colapso
generalizado de partes del sistema financiero. Esto
fue ilustrado de una manera más fehaciente la semana pasada cuando
se retiraron unos 224,3 mil millones de dólares de los fondos de inversión
en activos del mercado monetario, que los inversionistas habían manejado
como si tuvieran la misma solidez que una cuenta de cheques. Hay aproximadamente
$3,4 billones (millones de millones) de dólares en estas cuentas. Si
el pánico se hubiese extendido, habría dado resultado a un desplome
total del sistema bancario contemporáneo. No obstante, por fortuna,
el Departamento del Tesoro intervino rápidamente y anunció que
aseguraría estos fondos, que anteriormente estaban fuera de sistema
del seguro de los depósitos federales.
Éstas y otras intervenciones
masivas y no ortodoxas indican que las autoridades de Estados Unidos, incluida
la Reserva Federal (en conjunto con otros bancos centrales como el Banco Central
Europeo y el Banco de Japón) y el Departamento del Tesoro, están
dispuestas a hacer lo que sea necesario para prevenir una quiebra importante
en la esfera financiera. Han llevado a cabo las más grandes nacionalizaciones
y la transferencia más cuantiosa de deuda de la historia mundial (la
nacionalización de Fannie Mae y de Freddie Mac), así como en
la nacionalización de la aseguradora más grande del país
(AIG) y han bombeado cientos de millones de dólares en el sistema bancario
como respuesta a la falta de liquidez.
Dada esta disposición de las
autoridades a realizar lo que sea necesario para evitar un desplome en los
depósitos (que ahora incluye a los fondos de inversión en mercados
de dinero) y al congelamiento del crédito, la amenaza de un colapso
generalizado del sistema financiero parece exagerada.
Lo más probable
es que haya más presiones en el sistema a medida que las instituciones
insolventes se vayan hundiendo, de la misma forma en la que el turbulento colapso
de Lehman Brothers precipitó la actual crisis, y otros eventos inesperados
ocurran en un proceso de "saneamiento de deudas" y contracción
del inflado y sobre endeudado sector financiero. Este sector se multiplicó más
de tres veces en relación al PIB a lo largo del periodo de la posguerra
y, antes del reciente desliz, era equivalente a más del 30 % de las
utilidades corporativas. Gran parte de estas ganancias fueron ilusorias y desde
entonces han desaparecido, tal y como estamos viendo ahora.
La actual batalla
provocada por las condiciones que la administración Bush impuso a su
propuesta de rescate de 700 mil millones de dólares constituye un indicador
más probable de las batallas por venir. Será una lucha por la
distribución de las pérdidas, los contribuyentes al fisco y dueños
de casas por un lado contra accionistas, presidentes de corporaciones e inversionistas
financieros por el otro. La semana pasada la administración nos puso
ante la siguiente disyuntiva: "o nos dan un cheque en blanco o correrán
el riesgo de un colapso financiero". Esta vía fue rechazada por
una revuelta populista en ambos partidos, aunque todo indica que de todos modos
se impondrán algunas condiciones al rescate. Pero si se toma en cuenta
el poder que el sector financiero ejerce sobre el sistema político de
Estados Unidos, estas condiciones quedarán muy lejos de cualquier reforma
práctica y factible que brinde protección a los propietarios
de casas, que obligue a los inversionistas y a los ejecutivos que tomaron malas
decisiones a absorber la parte que les corresponde de las pérdidas y
a implementar las reformas a la regulación, necesarias para evitar que
esto se vuelva a repetir en el futuro. Sin embargo, es probable que estas batallas
políticas continúen a lo largo de los próximos dos años.
Existe
cierta confusión entre la mayor parte del público con respecto
a las condiciones en las que se encuentra la economía de Estados Unidos.
Los problemas económicos actuales son ampliamente percibidos como una
crisis financiera, cuando la realidad es que hay graves problemas en la economía
real que están arrastrándonos hacia una grave recesión.
Es decir que, aún si se resuelven los problemas financieros, no
se podrá evitar
la profundización de la recesión. Hoy en día,
estamos viviendo una recesión que fue generada por el estallido de una
masiva burbuja hipotecaria; una burbuja que creó unos 8 billones (millones
de millones) de dólares en riqueza ficticia, antes de que empezara a
reventarse a mediados del año 2006.
Esta burbuja
apenas se ha desinflado en un 60 %, y eso suponiendo que no se dispare en la
dirección contraria
(a territorio negativo) cuando toque fondo. La aritmética es bastante
sencilla: de 1996 a 2006, los precios de las casas en Estados Unidos se dispararon
un 70 % por encima de la tasa de inflación. Pero anteriormente, los
precios de las casas a largo plazo no crecieron a un ritmo más rápido
que la inflación. Esto significa que los precios de las casas tendrán
que caer un 40 % para que vuelvan a niveles acordes con la tendencia. Hasta
ahora, en términos reales (incluyendo la inflación), han caído
en un 25 %.
Pero todavía queda una gran sobreoferta de casas en Estados
Unidos, y los propietarios de casas están recibiendo notificaciones
sobre la ejecución de sus hipotecas (es decir, perdiendo sus propiedades)
a un ritmo aproximado de 3,6 millones cada año. Además del impacto
de una contracción en los sectores de la construcción y otros
sectores relacionados a los inmuebles residenciales, un impacto sobre la economía
que surgirá a raíz del colapso de la burbuja inmobiliaria se
dará a través del efecto de riqueza. Los hogares estadounidenses
típicamente adquieren préstamos respaldados por el valor de sus
casas, y la expansión de la economía estadounidense desde el
final de la última recesión (noviembre de 2001) hasta el año
pasado, obedeció principalmente a este endeudamiento. Cuando la burbuja
había alcanzado su punto más elevado en el año 2006, los
consumidores estaban utilizando unos 780 mil millones de dólares al
año en créditos respaldados por el valor de sus casas (que en
ese entonces se elevaba rápidamente). En gran parte, estos niveles de
endeudamiento y gasto han llegado a su fin. En el próximo informe trimestral
del PIB (tercer trimestre) es posible que veamos una caída en el gasto
de los consumidores, que hasta ahora se había mantenido a pesar del
colapso de la burbuja financiera.
En los datos de los últimos cuatro
trimestres se puede apreciar que el principal contribuyente al crecimiento
económico fue un mejor resultado en la balanza comercial, derivado del
considerable desliz en la cotización del dólar (un 25 % contra
una canasta de divisas ponderadas por el intercambio comercial) que comenzó en
el año 2002. Pero el comercio sólo representa un 26 % de la economía
estadounidense, mientras que el consumo representa un 70 %. Sin olvidar que
el mercado laboral se ha debilitado hasta alcanzar niveles de recesión:
el desempleo ha llegado al 6,1 %, casi alcanzando el nivel más alto,
en septiembre de 2003, durante la última recesión, mientras que
el nivel de empleo, como porcentaje de la población, está a punto
de alcanzar los niveles más bajos de la última recesión.
La economía ha perdido empleos a un ritmo de 81,000 por mes durante
el último trimestre, al mismo tiempo que cae el salario real. Todo esto
se reflejará en el mercado hipotecario y también debilitará el
consumo. Además, el sector público a nivel estatal y local, que
hasta ahora ha estado creando nuevos empleos, mostrará una contracción
en el futuro cercano a medida que los gobiernos empiecen a recortar el gasto
(la mayoría tiene que equilibrar sus presupuestos) como respuesta a
la caída en sus ingresos. El gobierno de la Ciudad
de Nueva York, por ejemplo, anunció recientemente un recorte de mil 500 millones de dólares
en su gasto para los próximos 15 meses.
En otras palabras, esto significa
que la baja en la economía de Estados Unidos apenas está empezando
y que esta tendencia se acelerará, aún si los problemas del sector
financiero se hayan resuelto de la manera más eficiente posible. Lo
más probable es que los problemas en el sector financiero, a medida
que éste se deshace de las instituciones insolventes y de la deuda de
mala calidad, contribuyan a la desaceleración a través de restringir
la disponibilidad de crédito disponible y de minar la confianza de los
inversionistas en general.
Esto conduce a lo que será la siguiente
gran batalla de índole económica, una vez que se haya resuelto
la crisis financiera: la política fiscal. Una política fiscal
expansionista será necesaria para mitigar los efectos de la recesión,
la que probablemente será la peor en por lo menos un cuarto de siglo.
El banco central estadounidense, la "Fed", ya redujo la tasa aplicada
a los Fondos Federales de 5,25 al 2 %, y por ende, ya no le queda mucho margen
para seguir reduciéndola. Pero la política monetaria no podrá tener
ni siquiera una pequeña parte del efecto expansionista que mostró en
la última recesión, cuando contribuyó a la masiva expansión
de la burbuja inmobiliaria. Las tasas de interés a largo plazo son las
que tienen el efecto más grande sobre la actividad económica
en Estados Unidos, y bajar la tasa de interés de corto plazo no necesariamente
ayuda a bajar las tasas de interés a largo plazo. De hecho, ya son varias
las ocasiones en que los mercados de los bonos del Tesoro a 10 años
han reaccionado a los recortes de las tasas por la Fed (que son de corto plazo)
con un aumento en sus rendimientos. Además, la Fed está mucho
más preocupada ahora por la inflación, con una variación
interanual en el Índice de Precios al Consumidor que supera el 7,2 %
(con una variación de 3,4 % en el núcleo inflacionario), en comparación
con el 2,9 % al comienzo de la última recesión (con un 3,5 %
para el núcleo inflacionario).
Dada la ineficacia de recortes adicionales
a la tasa de interés líder, la política fiscal se convertirá en
la principal herramienta a la mano para implementar una política anticíclica
en un futuro próximo. Sin embargo, la deuda nacional supera ya el 67
% del PIB. El rescate bajo consideración la disparará por encima
del 72 % con la probabilidad de que ocurran rescates adicionales (como por
ejemplo, inyectar nuevos fondos a la Corporación Federal de Seguro de
Depósitos, Federal Deposit Insurance Corporation, FDIC, la que no tiene
posibilidades de enfrentar las probables quiebras bancarias) así como
aumentos adicionales en el déficit, motivados por aumentos automáticos
en el gasto y la caída en los ingresos a medida que la economía
se debilita. Estos son niveles de deuda pública que no se habían
visto desde principios de la década de los cincuenta, cuando la deuda
seguía bajando paulatinamente desde el crecimiento explosivo que registró durante
la II Guerra Mundial. Evidentemente, la mejor política durante una recesión
aún sería la de ignorar estos niveles de deuda para impulsar
un amplio paquete de estímulos fiscales, especialmente debido a que
los rescates financieros, al mismo tiempo que hacen crecer la deuda, no tienen
el mismo efecto sobre la demanda que otras formas de gasto deficitario. Sin
embargo, todavía hay un intenso prejuicio en el sistema político
de Estados Unidos, tanto en los partidos políticos como en los medios
masivos de comunicación, contra una medida semejante. El tamaño
y el crecimiento de la deuda nacional es un tema muy importante en las campañas
políticas, incluida la campaña presidencial, y en los últimos
años muchos demócratas han sido aún más conservadores
sobre este tema que los mismos republicanos.
Consiguientemente, la profundidad
y destructividad de esta recesión bien puede depender de la medida en
la que el próximo gobierno esté dispuesto ha ignorar este dogma
económico para poder estimular la economía. En la última
recesión, el gobierno federal pasó de tener un superávit
fiscal del 2,4 % del PIB a un déficit del 3,5 % (2000-2003); y esto
fue junto con los recortes a las tasas de interés (del 6 % en mayo de
2000 al 1 % en junio del 2003) y el masivo crecimiento de la burbuja hipotecaria.
Actualmente, la tasa para los Fondos Federales ya es de un 2 % y el déficit
del presupuesto federal (usando el presupuesto unificado que habitualmente
se difunde) está en 3,3 % del PIB, sin incluir los actuales rescates.
Aunque las autoridades se han mostrado hasta ahora bastante flexibles en
responder ante la crisis financiera, nacionalizaciones masivas, acumulación
de deuda e incluso cierta tolerancia ante altos niveles y riesgos de inflación
que son características poco usuales de la Reserva Federal, lo que todavía
no queda claro es si el próximo gobierno, independientemente de quien
gane las elecciones, estará dispuesto ha abandonar, en la medida de
lo necesario, el conservadurismo fiscal para estar en condiciones de sacar
a la economía de la recesión. Lo más probable es que no
cometerán los mismos errores que cometió el gobierno japonés
tras el colapso de una burbuja en su bolsa de valores y sector de bienes y
raíces en 1989. Además, Estados Unidos tiene otras ventajas,
especialmente en relación al dólar que es la divisa clave para
la economía internacional, y que ayudará a Estados Unidos a evitar
un prolongado periodo de estancamiento. No obstante, quedan todavía
bastantes posibilidades de que esta recesión se prolongue mucho más
allá de lo necesario si hay errores en las políticas a aplicar.
Haciendo
a un lado por un momento la profundidad y la duración de la recesión,
y su dependencia sobre las políticas que surjan para enfrentarla, es
probable que la actual coyuntura económica deje efectos duraderos en
el sistema económico de Estados Unidos y en buena parte del mundo, debido
a la influencia global de este país. De hecho, algo de esto ha sucedido
ya. Cinco de los principales bancos de inversión de Estados Unidos ya
no existen: Bear Stearns colapsó a principios de este año, Lehman
quebró, Merrill Lynch aceptó ser adquirido por Bank of America;
mientras que Morgan Stanley y Goldman Sachs renunciaron a su calidad de bancos
de inversión. Esto hace que queden dentro del sistema de regulación
de la Reserva Federal.
¿Qué impacto duradero podemos esperar
una vez que se recupere la economía? Podemos esperar que se den algunas
reformas a la regulación del sistema financiero de Estados Unidos para
al menos reducir algunos de los abusos que llevaron a este colapso. Lo que
falta por ver es si reformas progresistas como los impuestos a las transacciones
financieras, que podrían reducir la especulación y generar más
de 100 mil millones de dólares al año en recaudación fiscal,
tienen la oportunidad de hacerse realidad.
Dado que ésta es la segunda
recesión en siete años que ha sido causada por el estallido de
una burbuja de activos, es posible que la Fed cambie su actitud con respecto
a dichas burbujas especulativas y comience a controlarlas y tratar de contrarrestarlas.
Hasta ahora, la posición de Alan Greenspan y Ben Bernanke (ex presidente
y presidente actual de la Reserva Federal, respectivamente) ha sido que la
Fed no debe tratar de hacer algo para enfrentar las burbujas en activos sino
hasta que suceda algo. Sin embargo esto no tiene sentido; la burbuja en la
bolsa de valores fue identificable e identificada a fines de los 1990s, y lo
mismo es verdad para la burbuja hipotecaria de principios del año 2002.
Además, la Fed no necesariamente tiene que elevar las tasas de interés
para poder contrarrestar una creciente burbuja de activos. Se puede hacer bastante
para controlar la especulación si se les informa a los inversionistas
y al público de los peligros de invertir en activos inflados por una
burbuja, además de otras medidas reglamentarias. Esto es importante,
porque si bien es cierto que ahora se reconoce que hubo fallas en la regulación
- como por ejemplo, en el caso del mercado hipotecario de mala calidad o de
alto riesgo (sub-prime) que contribuyó a la actual crisis - aún
se desconoce ampliamente que el fracaso para contener la burbuja en si, lo
que pudo haberse logrado, representa la principal y más importante causa
de los daños que estamos viendo hoy.
La reducción del déficit
comercial de Estados Unidos durante esta recesión ajustará, por
lo menos en cierta medida, uno de los desequilibrios más grandes de
la economía global. Para Estados Unidos, este reajuste puede ayudar
a recuperar las condiciones para un nivel de crecimiento sustentable. Desde
los años noventa, el crecimiento de la economía estadounidense
ha dependido en gran medida del consumo impulsado por las burbujas, primero
por la burbuja en la bolsa de valores y luego por la burbuja inmobiliaria.
Una de las razones por las cuales esto sucedió, es el enorme y, hasta
el año pasado, creciente déficit comercial de Estados Unidos,
el cual es resultado de un dólar sobrevaluado. Dado que el déficit
comercial, en términos contables, reduce el crecimiento, la economía
requiere de otra fuente de demanda para compensar. El consumo impulsado por
las burbujas ha jugado ese papel hasta ahora, pero ya no será necesario
si el desliz del dólar, aunado al efecto de la recesión que reduce
la demanda de las importaciones, reduce el déficit comercial hasta un
nivel sostenible.
Después de esta recesión, la influencia
de las ideas neoliberales, que tienen su base de apoyo internacional más
fuerte en Estados Unidos, saldrá un tanto debilitada. Y su variante
libertaria impulsada por el fallecido Milton Friedman ya ha disminuido de una
manera precipitada en los últimos años, y cada día será más
difícil defender este tipo de fundamentalismo del "libre mercado" en
los años venideros. ¿Pero que pasará con las ideas neoliberales
que son más aceptadas, las cuales, con frecuencia, son erróneamente
etiquetadas como de "libre mercado" o "libre comercio"? En realidad, estas políticas han desmantelado las barreras de acceso
al mercado cuando dichos cambios causan una disminución de los salarios
o una redistribución del ingreso a favor de los sectores de mayor ingreso
(como sucede con el comercio internacional de manufacturas), al mismo tiempo
que apoyan el proteccionismo y las soluciones que no son de mercado cuando éstas
redistribuyen los ingresos hacia arriba (por ejemplo la creciente protección
de los productos farmacéuticos a través de las patentes, la restricción
en la competencia por el empleo profesional, en los salarios de los ejecutivos
de corporaciones). También estas ideas se habrán debilitado de
alguna manera en los años por venir. Y en algunos aspectos puede ser
similar a lo que sucedió en Japón tras el colapso de 1989, aunque
en una versión más benigna. Antes de 1989, la política
industrial de Japón y el crecimiento impulsado por las exportaciones
fueron ampliamente admirados como una prueba de políticas económicas
exitosas; pero tras el colapso de la bolsa de valores de Japón y de
su burbuja financiera y el consiguiente estancamiento de la economía
en los noventa, Japón ya no fue considerado como un ejemplo digno de
imitar. Ha habido un notable esfuerzo en los últimos años, en
los círculos políticos y de prensa más importantes de
Europa, para empujarla a que imite a Estados Unidos, que es presentado como
una forma de capitalismo más dinámico y exitoso.
La creencia
generalizada es que los países de la Eurozona no se pueden dar el lujo
de tener su estado benefactor (o de bienestar) en la nueva economía
global, y que las regulaciones del mercado laboral y los sindicatos han aumentado
el desempleo y mermado el crecimiento de la productividad. Sin embargo, la
evidencia económica de que estos argumentos son correctos ha estado
completamente ausente, pero sí contribuyeron a que Nicolás Sarkozy
se convirtiera en el presidente de Francia en el 2007, mientras que el liderazgo
del Partido Social Demócrata alemán ha desafiado repetidamente
a sus propios votantes tratando de moverse en esta dirección. Ahora
es posible que estas ideas pierdan un poco de fuerza a medida que la realidad
de la actual crisis y recesión de Estados Unidos sea presentada al público
europeo. Es probable que las ideas neoliberales pierdan también cierta
credibilidad en los países en desarrollo. De hecho ya perdieron gran
parte de su popularidad en América Latina durante la última década.
La recesión de Estados Unidos también reducirá la influencia
mundial de este país de una manera más generalizada, la cual
ha ido cayendo rápidamente durante la administración de Bush. Mark Weisbrot

